Esta historia, triste donde las haya, podría muy bien ubicarse en cualquier ciudad de España, en cualquier ciudad que al igual que Barcelona, cuente con la desidia y la falta de fe de sus comerciantes en el soporte escaparate.

Estábamos pertrechándonos Albert y yo para salir a hacer el gran reportaje de Navidad, cámara y trípode en ristre, ilusión a tope, abrigándonos hasta los dientes para no quedarnos helados esperando a que no pase nadie delante del escaparate, cuando en realidad, infelices de nosotros, estábamos a punto de salir a hacer un reportaje que nunca existiría. Aún así salimos, pateamos la fría y hermosa ciudad de Barcelona, buscamos y buscamos, mantuvimos la ilusión y la fe en que nuestros comerciantes estarían a la altura de la fama que nuestra ciudad tiene en el mundo y llegado el momento de la amarga realidad, de la evidencia, nos volvimos con las tarjetas de memoria prácticamente vacías. En total reunimos fotos de 6 tiendas más o menos publicables.


El día en el que escribo este editorial, leo en un periódico local que Barcelona es la ciudad del mundo con mejor valoración en internet. Sobre todo, en los apartados de hostelería y comercio. Qué suerte hemos tenido, la valoración no incluía el escaparatismo de la ciudad. Tal vez éste sería el momento de volver a pedir ayuda a Sparksman, aquel superhéroe que salvaba los escaparates de la ciudad de la desidia y la falta de ilusión. Aunque, pensándolo bien, hay muchos Sparksman en esta ciudad, profesionales de muy alto nivel que están esperando que en cualquier momento el comercio sea iluminado por su santo patrón y decidan moverse de una puñetera vez. Más que nada para dar credibilidad a las opiniones de internet.




 

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